Se suele hablar del equilibrio o de la armonía de la naturaleza, en general, sea al pensar en el prolijo balance que exhiben las fuerzas en pugna de un ecosistema, o la relación que mantienen durante eones los masivos y solitarios cuerpos celestes en un sistema planetario. En esta vena, se admira la precisión con la que la naturaleza define las especies que habitan en cierto hábitat, calculando la cantidad precisa de predadores y presas de modo que la balanza no se incline en demasía hacia ninguno de los extremos.

Este equilibrio, claro está, es mera apariencia. Todo en la naturaleza es lucha permanente, nacimiento y muerte, crecimiento y desgaste. La ilusión de armonía proviene de que estamos presos en cierto “espacio temporal”, que podríamos llamar el espacio experiencial de los segundos. Sólo captamos como instantáneo lo que va del orden de algunos milisegundos hasta lo que ocurre a lo largo de, tal vez, uno o dos minutos. Más allá de este limitado rango, dejamos de percibir la continuidad de las cosas. Un ejemplo sencillo de este fenómeno reside en que seamos incapaces de ver al minutero de un reloj moverse. Un ejemplo más interesante está en que hayamos creado el concepto de “comportamiento” para describir el movimiento animal, pero no tengamos concepto equivalente para el movimiento vegetal. Tras considerarlo, salta a la vista que la discriminación es innegablemente chauvinista y desdeña no sólo el movimiento de las plantas sino, más en general, todo lo que ocurre en un orden mayor al de algunos breves segundos. Pero basta ver la filmación en cámara rápida de una orquídea crecer para entender que nuestra experiencia es parcial y engañosa. Otro tanto puede decirse de las mareas de nubes en la atmósfera, que para una experiencia del orden de las horas se parecería bastante al fluir del agua.

Habitantes del espacio del segundo, vemos las olas en el mar como otros verían esas nubes fluir en el cielo. Algún ser cuyo procesamiento de información fuera varios órdenes de magnitud más lento vería el mismo danzar en las dunas del desierto. Por otro lado, los conjuntos de incontables planetas y estrellas, cohesionados en una misma masa por la recíproca fuerza gravitatoria, se mueven para quien sepa apreciarlo de modo análogo a los cuerpos en la Tierra. Si hubiera una mente capaz de captar en tiempo real el furioso oleaje de las galaxias, probablemente experimentaría algo parecido.

Así pues, no hay momentos de paz en el universo. Todo se está moviendo hacia algún lado, en todo momento, sólo que nuestra experiencia limitada no capta esos ciclos y patrones de mayor o menor inmensidad temporal y espacial. Podemos extender los lapsos y siempre nos toparemos con el mismo juego de crecimiento y desgaste, de movimiento y reacción.

Como corolario, es interesante considerar que nosotros mismos somos resultado de una multitud de procesos desencadenados uno detrás de otro, a lo largo de espacios de tiempo también inabarcables. Así como somos ciegos a los milenios, somos también ciegos a la riqueza infinita de cada instante, a la incontable suma de acontecimientos del orden del nanosegundo que deben sucederse para que pestañeemos o levantemos un dedo. Nuestra propia conciencia es uno de esos ciclos inconmensurables.

Finalmente, nuestra propia danza en la Tierra podría ser parte de una conciencia de orden superior, o parte de una secuencia ilimitada de consciencias anidadas. Esta posibilidad es improbable, dado que la consciencia es producto del fino y paulatino diseño de la selección natural, y este fenómeno no ocurre a nivel cósmico porque simplemente no hay entidades en ese nivel que se repliquen. Con todo, como ejercicio especulativo es agradable, pero debemos pensar en las conciencias cósmicas sin vocación antropocéntrica, sino con la misma frialdad con que pensamos en los electrones. Si hay algo así como mentes cuyo tamaño se mide en años luz o cuyo instante palpita en milenios de milenios, se tratará de mentes profundamente inhumanas, radicalmente ajenas a nuestros pesares y anhelos de primate paleolítico. Tanto así, que no podríamos imaginarlas, así como ellas no podrían imaginarnos.

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