Hay plantas en el desierto del Kalahari que mueren antes de reproducirse. Libradas al sol impiadoso de la franja seca al sur del Ecuador, perecen silenciosamente conteniendo un puñado de semillas en brotes cerrados. Pueden pasar días o meses hasta que llueva de nuevo; mientras tanto, las semillas estarán guardadas en la carcasa muerta del progenitor. Al llover, los brotes se despliegan por la mera acumulación de agua y las dejan caer en las inmediaciones. Algunas plantas han incluso evolucionado un sistema ingenioso que, también por la mera acción mecánica de acumular agua, despiden de golpe a las semillas, que llegan así unos centímetros más lejos.

Antes de analizar este caso curioso, aceptemos primero que, en general, hay una suerte de “comportamiento” vegetal. Observados en cámara rápida, los yuyos y retoños de la selva, por ejemplo, muestran un genuino fervor por acaparar los parches de luz. Por otro lado, las enredaderas crecen trazando círculos rápidos, como un látigo blandido enérgicamente hacia todos lados, en busca de engancharse de algún tronco estable. Si se pudiera observar bajo tierra, la misma desesperación vegetal se haría evidente en su manera de extender las raíces en busca de agua.

Es obvio que nuestra incapacidad para ver este movimiento apasionado del mundo vegetal tiene su causa en la velocidad en la que procesamos información, órdenes de magnitud superior a la velocidad en la que los vegetales actúan. Un ser que viviera en el orden de los meses –como nosotros vivimos los segundos– temería sin duda el apriete súbito y mortal de la rama de un árbol, así como nosotros podemos temer el de una boa constrictora. No encuentro dificultad en decir que este fenómeno es, literalmente, el comportamiento de las plantas; sé sin embargo que los filósofos, más adeptos a cristalizar burdas intuiciones como verdades del mundo, tal vez prefieran llamarlo “comportamiento_2”, pseudo-comportamiento, comportamiento metafórico, etc.

Sea como fuere, el despliegue y liberación de semillas post-mortem presenta un problema ulterior con el concepto de comportamiento. Como suele ocurrir, la erosión de las nociones intuitivas ocurre en los extremos, en los casos límite, donde la aplicación falla por poco. ¿Cuenta como comportamiento un mero evento mecánico, producto de la expansión de los cuerpos vegetales muertos al absorber agua?

La perspectiva del gen sigue siendo reveladora en estos casos difíciles. En la tarea obstinada de replicarse, los genes no tienen prejuicios de índole conceptual. Los seres vivos son complejas máquinas de supervivencia que actúan en función de la información que reúnen del mundo circundante. Una vez muertos, en general, dejan de ser de utilidad para los genes: está claro que el cadáver de un leopardo no contribuirá a generar copias de sus genes. Pero el caso de los vegetales que actúan post-mortem es distinto: los genes encontraron allí una manera de seguir utilizando el cuerpo que construyeron, aun cuando éste no sea más que una carcasa que ya no crece. Por ello existen mecanismos como el de los brotes muertos que expulsan semillas, mecanismos que han sido seleccionados naturalmente a pesar de ser rasgos expresados en un cuerpo muerto. Lo revelador es que, desde el punto de vista del gen, la categorización entre vivo y no vivo importa poco: sólo es cuestión de aprovechar cualquier medio que lleve a la replicación. Por esto, no me genera inquietud afirmar que las plantas muertas tienen cierta conducta, en el mismo sentido que una hembra humana cuida su cría: ambas han sido programadas por los genes para actuar así.

Anuncios